Cóndor Sangreal

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Nos sorprende CÓNDOR en su última obra, Sangreal, no con una, sino múltiples direcciones musicales.  Constituyendo Duin una clara formalización del hallazgo que fue Nadia, se podía esperar que los siguientes pasos debían realizar una extensión y exploración a partir de esa personalidad musical que recién se volvía consciente de sí misma.  A pesar de la apariencia tradicional que proyectaba su música, el resultado final ha sido único tanto en su definido carácter dictado por predilecciones consistentes melódicas como en la metodología por medio de la cual verdaderas composiciones han tomado forma a partir de potentes riffs y embriagantes tonadas.

Sangreal rompe con los esquemas anteriores sin dejar de ser CÓNDOR del todo, aunque se perciba una cierta alienación que va un poco más allá de los límites que se deben preservar en un sondeo cauteloso de las posibilidades de avance.  Dicho entusiasmo tiene su origen práctico en la creciente contribución de material por parte de más miembros de la banda y la inclusión de un tercer guitarrista.  Esto tiene como implicación inmediata que el centro se vuelva más difuso que cuando había un control más dictatorial y unánime.  El efecto descrito podía apreciarse ya en Duin, en donde las últimas dos pistas evidentemente marcan un desvío de la senda que suele andar CÓNDOR.

Para quienes teníamos las más optimistas expectativas en Sangreal, se esperaba una convergencia de la totalidad del trabajo anterior de una banda en crecimiento hacia un punto singular, y de ahí su elaboración que definiera el carácter del nuevo álbum.  La evolución debía en el tercer paso dar con el azufre alquímico, habiendo acaecido ya la sucesión de sal a mercurio.  La primer pista del álbum logra exactamente el aguardado desenlace, haciendo uso natural de los sonidos dulcemente estructurados en la obra orgánica que es Nadia y filtrándolos a través del rigor analítico de Duin.

Sin embargo, no encontramos aquí una amalgama barata que encapsule partes que suenen como el uno y como el otro, dejándonos sencillamente  con crudas yuxtaposiciones.  Es más bien precisamente la voz pura y madura de CÓNDOR la que finalmente se asoma, reduciendo las incursiones anteriores a vocablos que se manejan ahora con elocuente entereza, resultando en una magnífica composición de dimensiones y detalles verdaderamente sinfónicos.  Adquiere Sangreal, la pieza, fácilmente su justo lugar en el pináculo del legado de CÓNDOR como su propia Close to the Edge.

No es difícil imaginarse la posición en la que se encontraron los jóvenes al haber logrado semejante hazaña.  ¿Deberían seguir aplicando el mismo método para desplegar y llevar hasta sus límites de aplicabilidad su recién desarrollada voz? O, ¿sería mejor, acaso, dedicarle al resto del álbum todas las ideas nuevas que la banda tenía sobre posibles manifestaciones de su espíritu romántico y campestre?  Para bien o para mal, fue la segunda de las dos opciones la que resultó en una paquete que contiene ambos, la composición más excelente grabada por CÓNDOR hasta la fecha, así como el material más extraño, ajeno a la voz de la banda e indulgente al borde del desastre.

Mas en medio de estos dos extremos se encuentran las obras más únicas de la banda, ejemplares encantadores aportando una liviana frescura que se encarga de distraer nuestras mentes de los deslizes más lamentables de Sangreal.  Son tales bendiciones Se Extienden las Sombras y Outremer, las cuales hacen un uso de las voces de las guitarras que se asemeja en ciertas partes a ligeros arreglos corales, para luego progresar, melodioso y cambiante, aunque seguro, típico del CÓNDOR en su aspecto más soñador, ardiente y determinado.  Culmina este flujo dichoso en la maravillosa canción para guitarras acústicas y coro de hombres titulada Sainte Terre,  en donde escuchamos el inconfundible timbre de Sudamérica.  Viejo Jabalí contrasta un poco con sus alrededores, y podría decirse que no estaría fuera de lugar en Duin.  De hecho, este autor se aventura a decir que en esta pista escuchamos el refinamiento del estilo de ese segundo álbum.

Es posible que los mismos miembros de la banda estén al menos inconscientemente al tanto de todo esto, pues el orden de las pistas en el álbum refleja cercanamente las observaciones que se han hecho aquí.  Nos dan la canción titular, Sangreal, justo al principio, seguida por la intercalación del CÓNDOR dulce con el Duin mejorado.  Luego se amortigua el golpe que invisible se aproxima con el encantamiento de la canción casi folclórica.  El Árbol de la Muerte se muestra como una banda queriendo ser CÓNDOR, tratando de aplicar modos melódicos más propicios para un metal alternativo que para el doom death suspirante en un momento, y luego aspirante al siguiente.  Se compensa este elemento extraño con el ímpetu eminentemente progresivo del presente álbum.  Culminan estos momentos agridulces con Roncesvalles, una pieza con altos interesantes y bajos dolorosos, y casi redimida por una estructuración indudablemente exquisita.


Maldije que tanta belleza se olvidara
entre las canciones de los hombres.
Teníamos que taparnos los oídos,
como quien cierra una herida.

¡Qué ingeniosos y hábiles tuvieron que ser los dioses para engañarnos!
Rápidos, estrepitosos y furtivos,
hablando siempre en su lengua extraña.
¡Qué incierta era su música, qué incierto su desconsuelo!
¿Cómo fue que nos engañaron y olvidaron su presencia?

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