José Eustasio Rivera La Vorágine

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joseeustasioriverasalasEs fácil leer una historia cuyo personaje principal refleja, de alguna manera, una idealización personal de quienes querríamos ser o al menos del tipo de persona que consideramos como “buena” o “admirable”.  Es más difícil, por el contrario, interesarnos por aquel que de primeras a primeras no es nada más un canalla, sino que también nos da una impresión patética y derrotada que, en combinación con una contradictoria forma de constante auto expiación, pintan a un ser tan común como especial.  Común pues como él sufren muchos de un ensimismamiento disfrazado por el ímpetu que los lleva a querer ser parte de una comunidad como si esto fuera en sí el logro más grande que al cual el ser humano debe aspirar.

En verdad esta necesidad de pertenecer, si bien muy humana, es un impulso natural y primitivo que para muchos no conlleva ya a la obtención de un propósito divino como explicaría Julius Evola en su magnífica obra Revuelta Contra el Mundo Moderno (Rivolta Contra il Mondo Moderno), sino que sencillamente se busca de manera  que las faltas y debilidades del individuo se cubran como bajo un parche, o se ignoren por un grupo que busca “comprender a todos”.  De esta manera la sociedad deja de ser un canal por medio del cual el individuo puede sobrellevar sus propias limitaciones, sino una ciénaga donde le son toleradas sus torceduras mientras éste también prometa perdonárselas a los demás.  Ésta es la maldición de la doctrina cristiana, especialmente en su simplificación protestante que ha infectado ya hace tiempo a las formas modernas de catolicismo por su creciente transformación secular (mostrando así que la institución religiosa no es guardiana de ninguna conexión con lo Alto).

Muy atrás ha quedado ya el ideal heroico europeo (de origen pagano) que ennobleció a los cultos a la muerte venidos del Medio Oriente. Olvidada asimismo ya la comprensión de la gracia divina que resulta del ir más allá de lo humano mediante la acción (o la inacción, en el caso del “yoga” de renunciamiento que se practica en un monasterio católico), y en su lugar ha vencido una vez más la doctrina original de servilismo al dios desértico que acepta a sus hijos con todas sus faltas por medio solo de una palabra mágica y su arrepentimiento más digno de una rata que de un hombre.  Un arrepentimiento que, por cierto, sirve más para robar al individuo de su orgullo e independencia, encadenándolo psicológicamente a un dios “sin el cual se es menos que nada”.

Sin embargo, hablo por mí mismo, pues conozco más de alguno que fácilmente se identificaría con este personaje tan perdido en la corriente de su propio patetismo que no logra ver al mundo más allá de las apariencias o de lo que él mismo cree se siente bien y por ende considera “bueno”.  El mérito de José Eustasio Rivera se encuentra en la forma en que lentamente moldea a este personaje a través del libro.  No es Arturo Cova, nuestro personaje principal, realmente una “mala” persona en términos de la moralidad vacía de la sociedad en la que vivimos, pero su narcisismo y egoísmo resulta en actos de desconsideración por aquellos que lo rodean.  Es más, entra en balance el personaje en sus arranques de heroísmo superfluo y fantástico del todo desconectados de la realidad.  Es el personaje principal de La Vorágine energético y rico de una manera podrida y perdida por elección propia más que por las circunstancias de la vida.

Mas la introspección reconoce que el los tropiezos y trampas mentales de los que sufre Cova son latentes en la psiques de todo humano.  El materialista cree que el asegurar la supervivencia permanentemente en sí lleva a lo único que se puede aspirar en esta vida: un estado en el cual se puede escoger el tipo de actividad que nos trae placer. Sin embargo, el trascender este estado dependiente a reacciones de lo exterior y fantasías basadas en deseos mundanos es la labor del hombre quien, habiendo comprendido la naturaleza de la realidad en su aspecto más crudo e independiente de idealizaciones humanas, se esfuerza por crear dentro de él mismo la substancia que constituye en sí el propósito divino y la guía fuera de los ciclos de placer y supervivencia.  La liberación es interna, y la lucha es la vida en sí.

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