Prognosis de un Elitismo Personal — Parte III: Encierro y Apertura

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No son pocos los escritores y pensadores que argumentan que una era en la que la vida es cada vez más fácil y que todo, desde lo material hasta una cantidad increíble de información que está más accesible a cualquiera, se vuelve más importante ejercitar discernimiento. Pero este es un discernimiento personal y no uno absoluto, el cual se impondría sobre el crecimiento mismo de quienes si poseen dicho discernimiento o el potencial para desarrollarlo. A menudo, este último punto se defiende a capa y espada, pero poco estrés se pone sobre la necesidad e importancia que hay en el elitismo verdadero y a varios niveles que el individuo ha de tener para que eso sea una avenida hacia la excelencia. No es necesario ser un sabelotodo, pero si mantener una autocrítica saludable, así como el estar al tanto de los límites personales de conocimiento tanto técnico como empático (por así nombrar a lo que se llama “conocer” las cosas de verdad). Ese conocimiento saludable de los límites propios lleva además a un aprendizaje medido, un crecimiento constante, y una apertura al aceptar errores.

En dicha dinámica parece necesitarse primeramente una intuición decisiva que permite el que mediante un encierro y apertura, aplicados de manera selectiva, se vaya cavando un camino. Muchos son los errores que seguramente se podrán cometer, mas estos pueden ser una fuente de aprendizaje a medida que la autocrítica y la búsqueda de concordancia holística permita al individuo construir y mantener un edificio cambiante de lo que para uno vale o no la pena, o inclusive lo que se puede considerar, dada cierta experiencia y discernimiento, como pasajero o superficial. Se repite, es fácil, en esta era de complacencia, derechos y demás fuerzas cobardes individualistas, defender la libertad de albedrío que permite que cada quien se permita creer, pensar y hacer lo que quiera.

Esto lleva a ridiculeces como el pensar que cada humano es una realidad distinta, y demás fantasías sin verdadera conexión con la realidad (tal es la indulgencia y cobardía de los sistemas relacionados o influenciados por la Magia del Caos, por ejemplo). Se debe de tener presente que realidad y universo es uno, y sus niveles o dimensiones tangibles e intangibles son concretos en cuanto a que pre-existen la condición humana, o quizás se desarrollan con ella. Esta es la única manera en la que las cosas parecen tener concordancia. La otra opción es abandonarse a la idea de que el “no entender” o el echarse al caos sin reglas es el conocer la verdad. Pero mientras el experimentar con lo espontáneo e incontrolado de la fuerza del Caos es ponerse a merced de algo real, el negarse a incorporarlo a un sistema que incluya raciocinio y sistematización es negar una gran parte de la facultad humana en favor de un capricho fácil, propio de hedonistas mentales y niños consentidos que solamente quieren indulgencia y no saben el valor de la disciplina.

Pareciese que en vista de todo esto, es necesaria la aplicación del hermetismo y lo secreto: el alma mediocre detesta la noble, y hará lo posible por denigrarle y destruirle. Lo que tiende a lo excelente atrae el odio de las masas de débiles y sus facilitadores, quienes se benefician de lo mediocre, y de lo gregario en general. Este encierro tiene que ver con cuando y cuanto se revela, o sea, cuanto se expone del individuo al mundo. Pero también, inevitablemente y como contraparte de la fuerza que sale, de lo que el individuo recibe del mundo. En cuanto vemos al arte como un medio espiritual, mental y racional —todos a la vez— entendemos aún más la importancia del mantener este balance. Uno puede construir con los materiales necesarios, pero una avalancha de material solo detiene, derrumba y destruye el esfuerzo organizador, la fuerza constructora.

Hay una necesidad, asimismo, de un método contundente y lleno de riesgo, el cual se dice necesario en una era de valores invertidos e hipocresía sistémica. Parte de ello es la contraparte de la fuerza constructora que acabamos de nombrar. Pues es la confluencia de la fuerza caótica y la forma constructora que hace posible la vida, lo que está vivo, y que en términos esotéricos, puede incluir algo como la música en su mejor expresión y forma. Quien camina el camino que construye al adepto debe practicar ambos el encierro del control y la apertura a fuerzas reales y caóticas. Esto, bien hecho, trae a la luz los errores, debilidades, e ilusiones del individuo, para que luego el reto se vuelva sobreponerse a ellas. Lo mismo se puede aplicar a todo, inclusive al arte.

En cuanto a lo que concierne a la música, el establecimiento de la música clásica occidental, evolucionada y docta, presenta un interesante, aunque incompleto, ejemplo de esa dínamica. En ella rige una disciplina severa de técnica y crítica, y asimismo se impulsa al artista a experimentar, a probar lo único y lo inesperado. Desafortunadamente, la música clásica occidental siempre ha dependido y estado en contacto directo con el status quo, de manera que el materialismo intelectual llevó prontamente a esta tradición de arte a una condición con un falta de riqueza espiritual que mató cualquier esperanza de seguir ascendiendo. La muerte de este arte coincide con el evento decisivo en la muerte en general de cultura occidental: La revolución francesa y las patrañas del tal “Siglo de las Luces” y su iluminismo que encegueció más de lo que alumbró.

Lo que nuestro nuevo arte libre, del individuo que crece, debería de enfocarse es en el refinamiento y disciplina de cada acción y obra, llevando la visión y mentalidad anterior de transformación en transformación de manera que se le supere y una nueva capa se descubra hacia adentro y hacia el exterior. El ver al arte en general, y a la música específicamente, como una manera de solamente desatar sentimientos, lo hace nada más un método y una herramienta, y no un nexo vivo cargado de los balances de fuerza y forma, e infundido con excelencia a cada nivel. La autocrítica nos recordará también que esfuerzo e ideología no equivalen a excelencia automáticamente, aunque sean prerrequisitos. Entre más elitista y real un movimiento en filosofía de acción, menos indulgente ha de ser en sus estándares, menos permisivo de actitudes frívolas.

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