Sub specie aeternitatis

Tomada por G. K. E. S. M. M. en Antigua Guatemala
“Volvimos con afán a nuestras lecturas, y repasamos, una vez más, las historias y leyendas de La Antigua, que tan vagamente arrullaron nuestra infancia. Amábamos intensamente aquella ciudad como a una madre misteriosa que nos alimentara de fábulas y de fantasías; imaginándonos que ella transmitió a nuestras almas ese cálido anhelo de lo ignoto y esa irresistible pasión por el pasado que nos embriagaban de ilusión y de dolor. Por ella, sin duda, por haber nacido en su seno fecundo en quimeras, éramos tan vibrantes, tan sensitivos y tan torturados por el implacable torcedor del pensamiento. Por ella nos amábamos con un amor tan intenso y tan dulce, sobre el que sentíamos pasar un soplo trágico, aún en nuestras horas más puras y deliciosas. La amábamos quizá con más dolor que placer, comprendiendo que todo lo que en nosotros se agitaba de extraordinario y de triste, lo debíamos— fuera de nuestro singular organismo, en que se marcara, tal vez, algún maléfico sello ancestral— a su ambiente propicio a las abstractas soñaciones, a su antaño que nos saturó de su fúnebre poesía y a la melancólica belleza de su paisaje, que semeja una florida necrópolis, digna de acoger para siempre en su recinto a las mujeres más espirituales y a los soñadores más ilustres.”         –Froylán Turcios